En un momento en que la inteligencia artificial toma cada vez más protagonismo en las empresas, ya no se discute si esta tecnología impactará a las distintas industrias, sino hasta qué punto lo hará y cómo empezar a adoptarla y escalarla. En ese marco, Michael Ferris, vicepresidente senior y director de operaciones y de estrategia de Red Hat, junto a Leigh Day, vicepresidenta senior y directora de marketing de la misma compañía, estuvieron en Argentina para participar del Summit que organizó la firma en el país. Ambos fueron contactados por LA NACION para compartir su visión sobre la adopción de IA, lo que buscan los clientes y qué esperan para el futuro cercano de esta tecnología.
La conversación inició con una pregunta central: ¿dónde se espera que se sume más valor económico en la próxima etapa: en los modelos, la infraestructura, los datos o las aplicaciones que resuelven problemas concretos? Ferris respondió que, hasta ahora, el foco estuvo en la innovación y en cómo hacer que los modelos rindan de manera eficiente. Hoy se observa un incremento en el uso de agentes y en las aplicaciones que los integran. Al mismo tiempo, hay una inversión considerable en datos disponibles: gran parte de la data de las empresas no está cubierta por los modelos de uso general. Por eso, se está trabajando para dejar esos datos “AI-ready”, de modo que puedan consultarlos los agentes y, cuando corresponda, ejecutar acciones sobre ellos.
Sobre por qué, a pesar de los avances, muchos experimentos con IA no se traducen en valor económico tangible, Ferris señaló que la clave pasa por definir qué necesita la empresa y convertir eso en métricas específicas que permitan medir mejoras de eficiencia o la creación de ofertas nuevas mediante IA. En ese sentido, la industria de servicios financieros figura entre las que mejor han avanzado, con la adopción de tecnologías más sofisticadas en las aplicaciones críticas.
Respecto a las alarmas de quienes advierten que la IA podría amenazar a la humanidad, Ferris sostuvo que ese miedo no es nuevo y que, si bien genera inquietud —como ocurrió con Internet o con la llegada de los autos—, hay confianza en la tecnología y en los esfuerzos de la comunidad y del ecosistema open source para ayudar a contener y guiar su desarrollo hacia usos responsables.



