Un tramo de tierra roja se extiende desde la ciudad de Mercedes hasta los Esteros del Iberá, donde, con relativa frecuencia, aparecen ranchos de adobe junto a sus corrales. A ambos lados de la ruta, se dibujan pastizales que parecen de un campo de golf, con árboles pequeños como espinillos y curupí; después, se abren humedales y camalotes que rodean la ruta, y se admiran carpinchos, al acercarse a la orilla. Poco después aparece el primer yacaré, una pareja de chajás y una variedad de aves que alzarán el vuelo ante la llegada del micro.
Al arribar a Colonia Pellegrini, se presenta un poblado de aproximadamente 600 habitantes, mayoritariamente asentados en viviendas de adobe. Sus calles, de arena clara, son transitadas por vacas, patos, gallinas, numerosos perros, hombres a caballo y niños que montan ponies.
José Martin, gaucho sociable que viste sombrero y bombacha de campo y que ejerce de guía, recibe a Página/12 para compartir la cosmovisión de su mundo natal. Decide iniciar el recorrido por el cementerio, considerado en la zona como un vínculo directo con lo divino, más frecuente que la propia iglesia:
“Aquí no se suele ir mucho a misa; el cura viene una vez al mes, si no llueve”, comenta, con ironía, este relato vivencial.
El cementerio, de una hectárea y suelo de pasto, está apenas delimitado por una cerca de dos alambres sostenidos por postes rústicos. José señala tumbas pintadas de rojo o azul: “en Corrientes, el color que acompaña a la política se lleva incluso a la tumba”.
En un lugar tan aislado persiste la distinción histórica entre unitarios y federales. Los primeros se asocian con el liberalismo y su color azul, mientras que los segundos —autonomistas— se identifican con el rojo federal.
“Mi mamá es liberal a la correntina y siempre viste azul: una camisa, un pañuelo o las medias; jamás usaría rojo, y si le preguntan por su signo, dirá ‘azul hasta la muerte’”, cuenta José sobre doña Lili.
José explica la simbología local, enriquecida por el sincretismo: “una tumba lleva cinta roja por motivos políticos pero está pintada de azul, color de la Virgen de Itatí; otra es azul porque el difunto era liberal y le colocaron cinta roja por ser devoto del Gauchito Gil”.
En la cultura de Colonia Pellegrini, quienes visten gauchescos colores redoblan su identidad con un pequeño atuendo: el pañuelo, el sombrero, la faja o las refacciones del apero pueden ser rojas o azules. Se dice que “la gente vota por el color del pañuelo” sin necesidad de conocer al candidato, y que “el color al que perteneces es como tu cuadro de fútbol”, apunta José.
La emigración de los años 80 dejó a Pellegrini con más rojos que azules; los autonomistas quedaron en minoría, mientras los azules asumieron el poder desde 1983. Sin embargo, la política allí es sincrética: los rojos, ante la falta de opciones, se aliaron a sus tradicionales adversarios y, desde entonces, gobierna una coalición rojiazul.
Al fondo, se vislumbran tumbas celestes de Antonio y de su esposa. La del hombre parece más cuidada; la de ella, menos detallada. El relato señala este contraste como un indicio de las melodías y tensiones que circulan en Pellegrini, donde la vida cotidiana y la historia política se entrelazan en cada esquina.



