LIV Golf nació como una apuesta disruptiva impulsada por Arabia Saudita para desafiar al PGA Tour, apostando a salarios monumentales, formatos más breves y el tono festivo que acompaña al espectáculo. Sin embargo, el mes pasado el Fondo de Inversión Pública (PIF), el gigante financiero detrás del proyecto, decidió retirar su respaldo y, según fuentes cercanas, en los próximos días podría declararse en quiebra.
La cuestión, no obstante, trasciende el golf. En los últimos cinco años, el PIF canalizó inversiones relevantes en distintos deportes —fútbol, tenis, boxeo, artes marciales, automovilismo y también e-sports— con la meta de convertir al deporte en motor para una sociedad más activa entre los jóvenes, a la vez que buscaba posicionar al reino como un destino turístico y diversificar una economía carente de diversificación respecto del petróleo.
Con todo, la lectura actual es crítica para quienes miran al deporte como un campo de inversiones puramente lucrativas. El plan estratégico 2026-2030 del PIF apenas alude a la “deporte” unas siete veces en una documento de unas cincuenta páginas, y en seis de esos casos la palabra aparece acompañada por el prefijo “e-”, sugiriendo un énfasis en formatos o ecosistemas digitales. En un momento en que capitales privados y fondos de inversión muestran interés por clubes y ligas, la retirada del PIF plantea interrogantes sobre la sostenibilidad de estos proyectos cuando no se gana la adhesión de una base de fans sólida.
La primera enseñanza que emerge es la primacía de la afición. Contar con una chequera prácticamente inagotable no garantiza el respaldo popular ni la continuidad de un negocio deportivo. El PIF desembolsó alrededor de US$5.000 millones para LIV Golf con la intención de erigir un rival directo del PGA Tour, ofreciendo premios elevados y espectáculos para atraer a público joven. Si bien consiguieron atraer a algunas estrellas, el proyecto terminó distanciando a los seguidores tradicionales, que valoran la historia, la tradición y la legitimidad de una competencia establecida. Sin una base de hinchas fieles, los ingresos por derechos de transmisión, cruciales para la viabilidad, se vuelven insuficientes.
Además, el aficionado puede convertirse en un actor de poder. En el fútbol, por ejemplo, la FIFA dio marcha atrás en un plan para vender participaciones en activos vinculados al deporte que buscaba recaudar unos US$4.200 millones, una propuesta que provocó resistencia por parte de federaciones y, sobre todo, de las hinchadas.
La segunda enseñanza apunta a que el respaldo financiero debe hacerse cargo de las identidades y tradiciones de cada disciplina, y no solo de su capacidad para generar espectáculo o grandes ganancias. A la luz de la retirada del PIF, queda por ver cuál será el rumbo de LIV Golf y si logrará reconstruirse con un modelo que combine viabilidad económica y aceptación de la comunidad golfística.



