Durante el Simposio Internacional de Economía, organizado por la Universidad de Tel Aviv, se llevó a cabo un panel sobre “Situación político-social” en el que participaron tres analistas argentinos: Lara Goyburu (directora de Management & Fit), Alejandro Catterberg (presidente de Poliarquía Consultores) y Ana Iparraguirre (directora de Dynamis Consulting). Los especialistas subrayaron cómo ese estado de ánimo afecta la economía cotidiana y qué peso podría tener en el ámbito político de cara a las próximas elecciones.
Para Goyburu, el deterioro del ánimo encuentra una explicación clara en la vida diaria: la desocupación es, hoy, el problema central y la inseguridad empieza a ganar relevancia, aunque las preocupaciones siguen en gran medida vinculadas a la economía cotidiana. Señaló además que el impacto de los ajustes recae especialmente sobre las mujeres, que suelen administrar los recursos familiares, encargarse de tareas de cuidado y en muchos casos sostener hogares monoparentales. "Los recortes en salud, educación y atención a mayores las afectan directamente y, además, cargan con gran parte del sostén emocional y detectan primero la angustia familiar", afirmó Goyburu. En cuanto a las emociones, observó que el enojo aún no figura como una de las más mencionadas en los relevamientos, lo que podría corresponder a una mezcla de paciencia, expectativas y desmovilización.
Catterberg situó la coyuntura actual en una secuencia distinta a las crisis previas. Comparó 2001, cuando "explotó" la economía, con 2023, cuando fue la sociedad la que enfrentó una salida de balance, y aseguró que Argentina está entrando en una nueva etapa. Según su lectura, el país ya no transita la lógica pendular de las últimas dos décadas y no habrá un regreso al punto de partida. Describió un escenario con aumento de exportaciones, cambios sociales y una crisis de las dos coaliciones que han dominado la política nacional en años recientes. Criticó que el Gobierno presente dificultades por errores internos y por complicarse a sí mismo, señalando que parece repetirse un patrón de autolesiones, aludiendo a situaciones comparables a episodios de 2025 y a la necesidad de intervenciones externas en ocasiones.
Iparraguirre, por su parte, remarcó una distancia creciente entre los indicadores macroeconómicos y la percepción social. A su juicio, cada vez es más evidente que la macroeconomía está desacoplada de cómo se siente la gente, lo que añade complejidad al análisis de cara a las urnas y a la formulación de políticas públicas que realmente respondan a esas preocupaciones.
En conjunto, los analistas coincidieron en que el ánimo social, especialmente la sensación de incertidumbre y desgaste, condicionará el clima político y electoral, sin que ello signifique un regreso automático a esquemas del pasado, sino una reconfiguración de alianzas y estrategias frente a una nueva realidad.



