A las 14:31 del jueves, Martín Menem anunció que la sesión convdada por la oposición para intentar derogar el DNU 70/2023 no alcanzaba el quórum requerido. En la banca, 121 diputados permanecían sentados, 8 menos de los necesarios para abrir el debate. Mientras el oficialismo celebraba un alivio relativo, también flotaba el temor de que el Gobierno esté a un paso de una crisis mayor.
La secuencia de movimientos en el Parlamento anticipa la dinámica que dominará el año que queda hasta las elecciones: un presidente que se mantiene a la defensiva, un peronismo sin un liderazgo claro pero con capacidad de desgastar a los adversarios, y un grupo de gobernadores que aprovecha la incertidumbre para sostener su peso en los desempates.
Aun así, el decreto fundamental del proyecto libertario logró salvarse en parte por una serie de gestos y decisiones: primero, una intervención exprés de la Corte Suprema que dejó en vigencia, de forma cautelar, la norma que restringe la compra de tierras rurales por extranjeros; luego, el dictamen de un bloque radical para revalidar esa misma lógica dentro de otro proyecto, denominado “inviolabilidad de la propiedad privada”; y, entre medio, un entramado de gestiones y giros hacia provincias aliadas y otras no tan afines que dio como resultado un goteo de ausencias en Diputados.
La sesión frustrada dejó claro que el DNU no quedó blindado ante la opinión contraria en el Congreso y que, para la próxima ronda de votos, habrá que volver a ganar apoyos entre quienes no bajaron a la votación. ¿Cuánto costará recomponer ese respaldo cuando las distintas fuerzas refuercen su posición frente a un peronismo y a bloques duros que persigan bloquearlo?
La inestabilidad, además, responde a la “alianza de cristal” sobre la que se apoya La Libertad Avanza (LLA). Desde el inicio, el Gobierno reunió mayorías mediante acuerdos circunstanciales con socios que, a veces, no comparten plenamente su ideario, pero que aceptan transitar esa ruta a cambio de beneficios y de la posibilidad de maniobrar en el tablero político conforme a la coyuntura. Esta situación depende de la popularidad de Milei: cuando goza de respaldo, las reformas avanzan; cuando la línea pierde sostenibilidad, las concesiones requieren paciencia, persuasión y recursos.
La dubitación de Luis Caputo respecto de cerrar una coalición oficialista sólida refleja la lectura que hacen los mercados sobre el rumbo argentino. Un semestre de crecimiento débil y caída del empleo había afectado la imagen del gobierno y avivó la preocupación de inversores extranjeros de que se revierta la orientación apertura y promercado que caracteriza a la gestión actual.
Por otro lado, Karina Milei y los principales ejecutores políticos de Milei, los primos Menem, se mantuvieron renuentes a forjar una alianza con el Pro y con gobernadores afines, por motivos tácticos. Durante mucho tiempo estimaron que la definición debía posponerse para más adelante, cuando las condiciones electorales permitieran calibrar mejor los apoyos necesarios.



