Mar del Plata.- En las últimas décadas, el sector energético se enmarcó en un triángulo: costo accesible, bajas emisiones y seguridad. Hoy, las tensiones geopolíticas y los conflictos bélicos reconfiguran ese panorama: la energía pasa a ser una cuestión de competitividad económica y seguridad nacional, lo que golpea la toma de decisiones de inversión. Así lo sostuvo Julen Baztarrica, socio de McKinsey y líder de la práctica de Energía, durante el 62° Coloquio de IDEA en cette ciudad, donde afirmó que la demanda global continuará expandiéndose hasta 2050.
Según el experto, los mayores impulsos provendrán de los países emergentes, especialmente en el Sudeste Asiático, que podría superar el 40% de consumo adicional, y África, con un incremento cercano al 30%. En contraste, China y Estados Unidos tenderán a estabilizar sus niveles, mientras Europa podría reducir su demanda en torno al 20%.
Otra conclusión clave es que el mundo avanzará hacia un sistema cada vez más eléctrico: hoy la electricidad representa el 23% del consumo total de energía y podría trepar a aproximadamente el 42% hacia 2025, impulsada por la electrificación de vehículos e industrias y por el crecimiento de centros de datos asociados a la IA, entre otros factores.
Aun así, el petróleo y el gas continuarán teniendo un papel relevante durante décadas, advirtió Baztarrica. La transición energética será más lenta y compleja de lo esperado, con una caída esperada de su peso del 65% actual a un rango entre 40% y 55% para 2050. Por ello, persiste la necesidad de invertir en petróleo: aunque la demanda ceda gradualmente, la producción cae entre 3% y 5% anualmente, generando una brecha entre oferta y demanda que exige nuevas cuencas.
En materia de gas, hará falta una inversión significativa en los años por venir. El contexto geopolítico ha elevado la demanda de gas no solo por precio, sino por diversificación de origen y seguridad de suministro. Eso abre oportunidades para proveedores como Argentina, subrayó.
Baztarrica destacó a Vaca Muerta como un activo estratégico de alcance global: es considerada de clase mundial, la segunda reserva de gas no convencional del mundo y la cuarta de petróleo. Es competitiva y presenta bajas emisiones de CO2, y su ubicación la posiciona como fuente de diversificación para Europa y Asia, que buscan reducir dependencias en el hemisferio norte.
El impacto económico proyectado es contundente: se requieren inversiones de hasta US$100.000 millones para 2030, se esperan exportaciones por unos US$30.000 millones anuales y se crearían alrededor de 200.000 empleos estables.
Para capitalizar estas oportunidades, Baztarrica instó a “ejecutar y escalar” sin demoras. Entre las medidas, mencionó ampliar la capacidad de perforación, multiplicar la capacidad productiva, edificar nuevas plantas de procesamiento, gasoductos y oleoductos, y fortalecer puertos e infraestructura asociada. También enfatizó la necesidad de aumentar la productividad y de desarrollar ecosistemas humanos e industriales con mayor talento y capacidades, abordando el desarrollo energético desde una perspectiva integrada y a gran escala.



