La disputa entre Rosario Central y Estudiantes de La Plata venía cargada de rivalidad desde el episodio conocido en el Gigante de Arroyito, y el clima se transparentó en la previa de la Supercopa Internacional. En la conferencia de prensa previa, celebrada en el estadio Madre de Ciudades, la AFA debió definir al árbitro principal y al elenco de VAR, y optó por Darío Herrera como juez central, con Jorge Baliño en el monitor de revisión. Herrera pertenece a una camada que venía de participar en la Copa del Mundo en Estados Unidos, y su designación generó críticas por antecedentes recientes en otros clásicos.
Detrás de la mesa de árbitros, Federico Beligoy, designador y secretario general del gremio de árbitros, mantuvo la confianza en Herrera a pesar de lo que se había visto en encuentros previos, y la decisión elevó la temperatura del encuentro desde el vamos. En la previa, la tensión también tuvo ribetes institucionales: en el palco estaba Claudio “Chiqui” Tapia, mientras que en las filas centrales la showing de rivalidad entre Gonzalo Belloso, presidente de Rosario Central, y Juan Sebastián Verón, titular de Estudiantes, parecía augurar un choque de fuerzas fuera de lo deportivo.
El partido arrancó con una atmósfera áspera, y la imagen de dos equipos que buscaban imponerse en el cuerpo a cuerpo fue lo que primó en los primeros minutos. La apertura la talló Estudiantes cuando ya llevaba ventaja. Pero la magia apareció cuando Ángel Di María convirtió un tiro libre para igualar 1-1 y encender las esperanzas del elenco canalla.
A partir de ese momento, el encuentro profundizó en una historia de decisiones arbitrales que distraían la mirada de lo futbolístico. En el minuto 10 de la primera mitad, Leandro González Pirez trabó a Enzo Copetti cuando este se adentraba al área; el delantero de Central cayó simulando un choque contundente, y la jugada fue objeto de revisión tras la intervención de Baliño y el VAR. Si bien la repetición no ofrecía una evidencia irrefutable de la dureza del contacto, el árbitro señaló penal. La decisión provocó la sorpresa de Estudiantes y del propio entrenador visitante, conocido como “El Cacique” Medina, que observaba desde la banca con gestos de desconcierto.
La reacción del entorno del Pincha se hizo visible en la tribuna: Verón, en las gradas, mostró expresiones de incredulidad y respondió con gestos irónicos ante la decisión del árbitro y de los asistentes tecnológicos. El choque, en medio de la tensión previa y las discusiones por las decisiones, parecía quedárselo la controversia más que la cancha.
A esa altura, el contexto ya había cambiado el destino del partido: la expectativa de un choque de alto voltaje quedó opacada por la presencia de un conflicto fuera de lo estrictamente deportivo, que terminó por condicionar el desarrollo y, finalmente, la final no terminó de disputarse.



