Este sábado, para muchos no fue un día cualquiera: se percibe como un punto de inflexión para el fútbol local, marcado por decisiones que desatan disputas y un clima de desconfianza institucional. En la final de la Supercopa Internacional entre Rosario Central y Estudiantes, tres veredictos favorecieron al conjunto rosarino: un penal que le dio el título, una segunda amarilla que no se mostró a Elías Verón y una mano de Ignacio Ovando en los minutos finales que no fue revisada porque el árbitro Darío Herrera no activó el VAR. De ese trío de decisiones, la coincidencia en el mismo equipo alimenta la sensación de desequilibrio.
Más allá de la disputa puntual, el debate se centra en la credibilidad del fútbol argentino, que es visto como careciente de respeto y garantías para los clubes y sus aficionados. Estudiantes, pese a no convertir su oportunidad, terminó afectado por la sanción de un penal en contra, y por un desborde que, según la lectura de la jornada, se suma a una cadena de errores de los que aún se discute su alcance.
En el plano histórico y de gobernanza, se repasan episodios que amplifican la desconfianza: el título otorgado el año pasado a Central por una competencia llamada “tabla anual”, la obligación de realizar un pasillo a un rival cuya reglamentación no estaba clara y la posterior argumentación mediante un documento en PDF que introducía una regla que no existía. También se mencionan descensos suspendidos a mitad de torneo, ascensos acelerados para clubes presuntamente vinculados a las esferas de poder, arbitrajes cuestionados y quejas que, según la crítica, la AFA no atiende.
El propio campeonato en cuestión, la Supercopa Internacional, se disputa en la Argentina entre dos clubes nacionales y nació a partir de una propuesta de mercados árabes. Con la caída de patrocinadores, la continuidad del torneo se sostiene hoy por la necesidad de sostener la estructura comercial del negocio, aun cuando cada edición genera controversia sobre su sentido y su lugar dentro del calendario.
Se anuncia la instalación de otro trofeo en juego, en un contexto en el que nadie parece claro quiénes participan ni por qué. El fútbol argentino ya reparte ocho títulos por año, entre treinta equipos, dejando un vacío entre competiciones que nadie logra llenar por completo.
Estudiantes encabeza la protesta, pero cada vez se suman más clubes. River y Racing ya alzaron la voz en ocasiones, aunque la preocupación por represalias frena a veces las posturas más firmes.
No es solo una cuestión deportiva: las investigaciones actuales señalan a Claudio Tapia y a Pablo Toviggino, a quienes se les atribuye retención indebida de aportes, evasión impositiva, lavado de dinero y desvío de fondos internacionales. La lista de cargos es extensa y, por ahora, no hay condenas definitivas.
La crítica también llega desde las tribunas, donde los cánticos contra Tapia son cada vez más frecuentes; no obstante, la disparidad entre equipos y resultados suele cruzarse con un miedo real a las represalias, lo que complica la claridad de las voces disconformes.



