En la zona de Recoleta, la propiedad ubicada en Azcuénaga 1083/1087 se mantiene como una de las piezas más destacadas de la arquitectura porteña de principios del siglo XX. Conocida históricamente como el Palacio Lagomarsino y hoy funcionando como la sede de la Casa de San Luis, presenta cuatro niveles y exhibe vitrales, frescos, estucos y una ornamentación distintiva dentro del patrimonio de la ciudad.

La provincia de San Luis volvió a ponerla a la venta, con una tasación cercana a los 3 millones de dólares. El gobernador Claudio Poggi impulsa la operación y fijó la apertura de las ofertas para el 10 de diciembre de 2026, en un nuevo intento por desprenderse del edificio que aloja la representación provincial en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA).

Este es, además, el segundo intento de la provincia para vender el inmueble: la venta fue autorizada por la Legislatura en 2024, aunque la subasta anterior no obtuvo postores.

Más allá de las diferencias políticas, el edificio se destaca como una pieza emblemática del Art Nouveau porteño. Su biografía remite a una era en la que empresarios e industriales encargaban residencias monumentales para exhibir su estatus social y económico.

El proyecto original data de 1920 y fue elaborado por el arquitecto italiano Virginio Colombo para Carlos Lagomarsino, empresario ligado a la industria textil y a la fabricación de sombreros. El encargo buscaba una residencia palaciega con identidad propia, alejada de las líneas académicas dominantes de la época.

Colombo es considerado uno de los “padres” del Art Nouveau en Argentina, movimiento que introdujo líneas curvas, motivos vegetales y una ornamentación minuciosa. Su obra también se plasma en otros edificios notables, como la Casa Calise, en Balvanera.

Especialistas, como Ignacio Nicolás Berardi (creador de Buenos Aires Arquitectura en Instagram), destacan la particularidad de la Lagomarsino: la relación entre la fachada y los interiores, donde la decoración ocupa un lugar central dentro del diseño.

La intención original era reflejar el ascenso de la familia Lagomarsino mediante una residencia de presencia urbana destacada. El resultado fue un inmueble que fusiona arquitectura, materiales y detalles ornamentales en un conjunto integrado.

La familia habitó el lugar apenas cuatro años. Tras la muerte de Carlos Lagomarsino, la propiedad pasó por distintos usos y dejó de funcionar como vivienda, aunque conservó elementos que permiten reconstruir su concepción inicial.

En definitiva, el edificio se distingue por la fusión de una presencia palaciega con una riqueza decorativa que lo posiciona como uno de los ejemplos más representativos del Art Nouveau en Buenos Aires.