En plena campaña política, el gobierno intensificó su estrategia comunicativa: mensajes en redes sociales, un nuevo viaje internacional y encuentros con empresarios para presentar un lenguaje que oscila entre promesas de bienestar y una narrativa que señala a “enemigos” como responsables de datos económicos desfavorables. En ese marco, el discurso adoptó un ritmo de corrimiento de plazos para las promesas económicas y fortaleció la idea de intentos desestabilizadores, aunque sin sustento claro, difundidos desde el propio nivel del Ejecutivo y entre funcionarios, legisladores y usuarios de redes.
Un punto de inflexión relevante fue la decisión de la Corte Suprema de Justicia, que rechazó un amparo presentado por ex combatientes de Malvinas. La medida dejó vigente un artículo del decreto presidencial que autoriza la venta de tierras a extranjeros sin límite alguno. El clima político y social cambió en buena medida por este fallo, que llegó después de casi tres años desde la presentación del recurso y más de dos desde la primera resolución favorable. Ese artículo, si bien era parte de un contexto más amplio, no parecía ocupar el eje principal de la polémica en torno al DNU 70.
En los últimos meses, la cuestión de la soberanía ganó terreno en la agenda pública, especialmente tras la exhibición de una bandera por Malvinas durante el Mundial. Existen lecturas diversas entre asesores sobre la intensidad del fenómeno, pero está claro que se vincula estrechamente a la preocupación por su uso político. En el entorno del mileismo, esa cuestión no representa una línea permanente, sino un giro dentro de la estrategia general sobre soberanía.
La movida soberanista fue atribuida plenamente a Santiago Caputo, quien habría logrado recuperar terreno en la escena interna frente a Karina Milei. La señal inicial tuvo un componente simbólico asociado a la huella mundialista y a una percepción de campaña antiargentina. El Gobierno quedó sorprendido por la repercusión del episodio del “trapo” con la leyenda por Malvinas que bajó de una tribuna y luego fue mostrado por jugadores de la Selección.
El Presidente asumió la iniciativa en este tema y emprendió una apuesta más frontal: llegó a señalar a Brasil y, con menor intensidad, a México. En el frente brasileño, esa lectura se vincula a la campaña que se define en torno a Lula da Silva y Flávio Bolsonaro, con un escenario en el que la narrativa doméstica se entrelaza con la contienda regional.
Por distintos intereses internos —no solo por la dinámica regional alineada con otras potencias— el oficialismo ha contribuido a sostener esta estrategia de discurso, que busca consolidar la agenda económica y soberanista aun frente a desafíos y críticas internas.



