El ministro de Economía, Luis Caputo, se halla en un terreno cada vez más complicado, intentando sostener su cartera ante un cuadro que se agrava con el paso de los meses. Mientras en abril el gobierno hablaba de una etapa de crecimiento acelerado que empujaría a la Argentina a vivir sus mejores 18 meses, la realidad de octubre presenta un panorama opuesto: 30 sectores relevantes de la economía registran caídas en dos dígitos.
Más allá de esa brecha entre promesa y resultados, lo que complica a Caputo no es solo la discrepancia, sino que forma parte de un gobierno que ha cultivado una retórica que admite fallas, pero permanece anclado en un discurso que parece descoordinado. Incluso el Presidente ha dejado abierta la posibilidad de que algunas proyecciones inflacionarias no se cumplan en el corto plazo; el proyecto de Presupuesto 2027 incluso estima una inflación de 1,5% mensual si todo marcha bien.
El dilema de Caputo y de Milei no estriba únicamente en lo que dicen, sino en el escudo mediático que los acompaña y que, para sus defensores, amortigua evidencias contrarias. Esta semana, se presentaron como brotes verdes pequeños en la industria (1,9% en agosto frente a julio) y en la construcción (0,4%), cuando la realidad es que la industria está 11,2% por debajo del nivel de 2023 y continúa perdiendo empresas y empleos; la construcción, además, acumula una caída de 29,8%, suficiente para que buena parte de la actividad se haya contraído.
El deterioro afecta no solo a esos sectores, sino también al comercio, el turismo interno y gran parte de las economías regionales que concentran la mayor parte del empleo. Ese cuadro alimenta la lectura de riesgo político por parte de los mercados financieros, de organismos internacionales y de la mayoría de los analistas.
El escenario más probable, señalan, es que, con un plan que apremia al mercado interno, aumenta el costo de los servicios públicos, la inflación en dólares se mantiene elevada y la apertura comercial resulta desordenada, acompañado de cargas financieras difíciles de afrontar, todo ello incline las condiciones hacia un deterioro adicional en los próximos meses. A ello se suma la creciente incertidumbre política y electoral, que ya se percibe como un lastre adicional.
Mientras tanto, Milei recibe reclamos y presiones internas y externas, desde la propia oposición hasta bancos y actores influyentes del entorno político y mediático, que exigen ajustar el rumbo: flexibilizar ajustes, impulsar obras públicas, estabilizar el dólar y intervenir con mayor grado de intervención en la economía para evitar que la recesión evolucione hacia una depresión, situación que ya se observa en varios sectores.
El incremento del riesgo político, señalado por el Gobierno como una fuente central del nerviosismo del mercado, parece estar vinculado a la dificultad de compatibilizar el modelo con las realidades fiscales, monetarias y sociales que enfrenta la economía argentina.



