En el segundo trimestre, la economía presentó una contracción de 0,6% frente al periodo previo, y la tasa de desempleo escaló a 7,9% en comparación con el mismo trimestre de 2025. Paralelamente, el fisco mostró un superávit y la balanza comercial cerró julio con un saldo positivo de 2.187 millones de dólares. Aun cuando todo indicaría que el tercer trimestre podría mantener la curva negativa, los analistas señalan que este ciclo recesivo no está asociado a shocks cambiarios, devaluaciones abruptas ni picos inflacionarios.
Aunque el conjunto no entusiasma, el cuadro macro no se percibe como catastrófico. Las pérdidas de empleo formal, cercanas a 130.000 puestos, se vieron compensadas por un crecimiento del trabajo autónomo. En el último año la informalidad se elevó de poco más del 43% al 45%.
La dinámica entre sectores es clara: se dibuja una “K” en la actividad económica, con avances en energía y agro que impulsan ingresos por exportaciones, frente a caídas sostenidas en industria, construcción y comercio minorista. En el último año, el superávit energético acumuló unos 11.000 millones de dólares y continúa en alza; la minería también crece y exporta, pero partiendo de una base menor, mientras que el resto de la economía enfrenta frenos.
El horizonte para 2026 apunta a terminar en terreno positivo, aunque con un crecimiento que podría situarse por debajo del 2%, por debajo de lo que esperan el Gobierno, la mayoría de los analistas y el FMI. Se trataría de un segundo año consecutivo de expansión, pero con efectos limitados en el consumo y sin un despegue en los grandes centros urbanos.
La estrategia oficial continúa centrada en desinflar la inflación y mantener la estabilidad cambiaria. El secretario de Finanzas, Federico Furiase, aseguró que “el dólar no va a ningún lado”, y aclaró que la proyección de un dólar cercano a 1.850 pesos para fines del año próximo forma parte de la simulación presupuestaria para ajustarse a la inflación prevista. En ese marco, el Gobierno espera que el año electoral próximo sea atípico, con la expectativa de que el dólar no presente saltos disruptivos y que la inflación registre una caída hacia el entorno del 18%.
De cara a 2027, el presupuesto contempla una expansión del 4%, aunque la mayoría de proyecciones coinciden en un crecimiento próximo al 2%–2,5%. Si se cumple, serían tres años consecutivos de crecimiento del PIB, aunque la heterogeneidad entre sectores seguiría marcando la trayectoria.
En el plano externo, desde Wall Street se mantiene la lectura de que la economía argentina, a pesar de los vaivenes, podría sostener escenarios políticos estables. Esa visión alimenta la expectativa de continuidad de Milei en la primera línea de la escena, incluso ante datos mixtos que muestran avances limitados en áreas clave y una demanda interna debilitada.



