Durante años estuve cubriendo casos de jefes problemáticos: líderes tóxicos, narcisistas, incompetentes, inseguros y autoritarios, entre otros ejemplos. También analicé culturas empresariales enfermizas y compañías que parecen enseñar qué no hacer. Y está bien: cuanto más alto llegamos en una organización, mayor es nuestra responsabilidad por lo que ocurre abajo. El poder no solo otorga privilegios; multiplica la responsabilidad.

Pero llegó la hora de mirar hacia abajo. Existe una verdad conocida en las organizaciones: no todos los problemas parten de la alta jerarquía. Hay colaboradores que complican todo: personas difíciles, que agotan energías, que en momentos de alta exigencia drenan el ánimo y, en cualquier crisis, se mantienen intactos. Esos individuos resisten reorganizaciones, fusiones, cambios de CEO, transformaciones culturales e incluso procesos de Recursos Humanos, y a veces persisten sin perder el ritmo. Si mañana la empresa atraviesa una crisis, podrían aparecer entre los escombros preguntando si el home office sigue vigente el viernes.

En una columna anterior describí algunas especies que habitan las organizaciones. Hoy, esa fauna se merece una ampliación: así como existe un jefe difícil, también hay colaboradores capaces de convertir un equipo razonablemente sano en una versión del infierno corporativo.

La evidencia no es casualidad. Will Felps, Terence Mitchell y Eliza Byington publicaron en Research in Organizational Behavior un estudio titulado How, When, and Why Bad Apples Spoil the Barrel. Los autores demostraron que un único miembro negativo puede afectar de manera desproporcionada el rendimiento de todo un equipo. Identifican tres conductas particularmente destructivas: escatimar esfuerzo, expresar negatividad de forma sostenida y violar normas interpersonales básicas. El resultado es menor confianza, peor cooperación, emociones negativas y conductas defensivas. Una manzana dañina puede, de hecho, comprometer todo el conjunto.

Veamos, entonces, algunas especies.

El Drácula corporativo. No siempre actúa de manera abierta y evidente; su violencia es sutil y precisa: succiona energía. Una conversación agradable puede terminar con la sensación de que la vida pierde sentido. Si la empresa reporta resultados récord, él cuestiona cuánto durarán; si hay ajustes salariales, calcula cuánto perdió frente a la inflación. Su aporte al equipo es mostrar que siempre se puede estar peor.

El ñoqui premium. Ha logrado algo que, en décadas de estudios sobre management, parecía imposible: construir una carrera sin que esté claro qué es lo que realmente aporta. Este perfil llega a cargos sin necesidad de demostrar resultados concretos, manteniendo la permanencia a fuerza de falta de definición de rol y de exposición limitada a métricas.

La nota apunta, en definitiva, a que la responsabilidad no recae solo en la cúpula. Para entender el funcionamiento real de una organización, conviene observar el conjunto y reconocer que, en ocasiones, el obstáculo está más abajo de lo que parece.