La subida del río Paraná, impulsada por el fenómeno climático del Niño, no solo inquieta a ganaderos sino también a apicultores de islas y áreas propensas a inundaciones, que trabajan a contrarreloj para sacar la mayor cantidad posible de colmenas hacia tierra firme.
La movilización es una práctica histórica a lo largo de todo el cauce del Paraná y convoca a miles de productores, muchos de ellos organizados en cooperativas. Aunque no hay cifras oficiales, se estima que existen cientos de miles de colmenas operando junto al río.
Una referencia en este marco es la Cooperativa Apícola Granjera San Javier Ltda, con sede en la localidad homónima de Santa Fe. En esa zona confluyen seis productores que suman más de 1.200 colmenas activas, las cuales se están trasladando desde las islas hacia campos ganaderos para albergarlas.
En diálogo con Clarín Rural, Raúl Ariel Pérez, apicultor integrante de la cooperativa, confirmó que ya trasladaron entre 600 y 700 cajones y que esperan que el nivel del río suba un poco más para poder avanzar hacia zonas menos navegables y completar el retiro.
“La idea es sacarlas todas y no dejar nada a la buena de Dios”, afirmó Pérez. No obstante, la operación no es sencilla: cada colmena suele alojar en promedio unas 60.000 abejas, y en primavera y verano esa cifra puede trepar hasta 120.000 por unidad. A la complejidad se suman los riesgos asociados al movimiento de los cajones y al propio insecto, lo que exige trajes de seguridad y medidas de precaución. Una vez en tierra, las colmenas se cargan en un carro tirado por una camioneta y esperan hasta la noche para ser trasladadas por ruta hacia el campo receptor.
En esta crecida, la evacuación resultó “más fácil” para la cooperativa gracias a la adquisición, hace tres meses, de un barco especializado que permite sacar hasta 250 colmenas por viaje. Aun así, el horizonte de pérdidas es considerable.
“Para el productor isleño de nuestra zona, el año ya está perdido”, resumió Pérez, explicando que la floración principal de la región ocurre entre noviembre y marzo y abril, y que esos son exactamente los meses que abarcaría la creciente.
Según el apicultor, la mayoría de las abejas podrían sobrevivir en el campo, pero no producir miel, ya que la ganadería consume y pisa la floración disponible, dejando muy poca para las colmenas. En ese marco, se proyecta una caída drástica en la cosecha de miel: de los 150 tambores de 300 kilos que suelen obtener por año, apenas podrían llegar a 10, y con suerte.
Pérez añadió que la merma podría traducirse en una mortandad de entre el 20% y el 30% de las abejas productivas, lo que complica aún más el panorama financiero de los apicultores en la región.



