Un experimento realizado en el MIT encendió una alerta sobre hasta qué punto lo que vemos puede convivir con lo que creemos recordar. La investigadora Pattie Maes y su equipo presentaron 24 fotos cotidianas —una boda, una calle, una carrera— a un grupo de 200 personas.

Luego de un receso, parte de los participantes revisó exactamente las mismas imágenes, mientras que el resto observó versiones editadas por inteligencia artificial. En estas versiones hubo cambios como expresiones faciales alteradas, la inserción de personal militar y la adición de señales de cambio climático, todo realizado de forma digital.

Al medir la memoria tras la pausa, los autores notaron un incremento notable de recuerdos falsos entre quienes habían visto las imágenes manipuladas, y, además, una mayor seguridad en la veracidad de esos recuerdos que el resto de los participantes. Maes calificó la situación como de alto riesgo, según consignó The Washington Post.

El hallazgo del MIT no aparece aislado. En un nuevo estudio citado por The Washington Post, que abarca la percepción de eventos políticos, crímenes y hasta películas, se sugiere que las imágenes y conversaciones generadas por IA pueden plantar detalles falsos en la memoria, hasta el punto de hacer creer a las personas que ocurrieron hechos que nunca sucedieron.

La memoria humana ya es, por sí misma, una función extremadamente frágil: solo se retiene una fracción de lo vivido, los detalles se desdibujan y los recuerdos pueden cambiar cada vez que se los trae a la mente. La IA, por su parte, parece compensar esas limitaciones al almacenar vastas cantidades de información y recuperarla en segundos, además de interpretar, resumir y reconstruir lo ocurrido. Pero esa capacidad trae riesgos: no se limitan a conservar el pasado, sino que también lo interpretan y transforman, y pueden cometer errores en ese proceso.

Las repercusiones de estas distorsiones trascienden el laboratorio. En los tribunales, los testimonios y recuerdos siguen siendo relevantes en casos que van desde accidentes viales hasta agresiones sexuales, pese a décadas de evidencia científica que demuestra cuán fácil es distorsionar la memoria de un observador presencial.

En ese marco, el estudio del MIT sugiere que la IA puede manipular lo recordado al introducir, a través de imágenes o resúmenes alterados, datos falsos que el cerebro termina adoptar como propios y recordar con alta confianza, incluso cuando no ocurrieron.

Maes, con más de 35 años en el campo de la IA, sostiene que su línea de trabajo busca ampliar la inteligencia humana, no reemplazarla. Su motivación es personal: una experiencia con su madre, que sufría deterioro cognitivo y olvidaba visitas o indicaciones, lo que la llevó a imaginar un asistente de memoria capaz de apoyar a pacientes y cuidadores ante esa realidad.

A partir de esa experiencia, busca convertir la idea en una herramienta que funcione como apoyo para recordar, especialmente ante el desgaste cognitivo.