Kneecap, dúo/trío originario de Belfast, desembarcó por primera vez en la capital argentina la noche del lunes, en la sala C Art Media. La propuesta dejó claro desde el inicio que no se trataba de un show convencional: fue una exhibición repleta de energía desbordante, con raíces en el rap y guiños al techno-pop de la escena rave.
Durante la actuación, el MC Móglaí Bap invitó a la audiencia a formar un círculo para ejecutar pogo durante la pista “Sick in the Head”. La letra, que alude a la salud mental y a la ambición material, fue presentada como una pieza clave para entender la intensidad del directo: una energía que, lejos de suavizarse, se intensificaba a cada verso. Esa línea aparece como un reflejo de lo que empuja al trío en cada performance: una mezcla de desquiciada entrega y compromiso ideológico.
El trío se apoya en una identidad histórica que toma prestada la imagen de Fianna, los guerreros y mercenarios de la tradición irlandesa, y que también alude al título de su segundo y más reciente disco, Fenian. Entre tracks, el repertorio abordaba temáticas de amor, solidaridad, revolución y, por supuesto, fiesta, todo en clave que equilibra militancia y diversión. En esa línea, el show funcionó como una declaración de propósito: ser la voz de quienes históricamente quedan al margen, sin perder la verve que caracteriza al rap directo.
En el plano institucional, la gira de Kneecap ha estado rodeada de polémicas. En el pasado, Mo Chara enfrentó un proceso judicial por presunta apología al terrorismo tras exhibir una bandera en un recital; sin embargo, la organización de la escena local dejó en claro que, en este caso, la estandarte fue mostrada por el DJ Próvaí y, a la postre, resultó ser una wiphala lanzada desde el público por dos asistentes argentinos. El episodio reforzó la lectura de la banda como un grupo que desafía las convenciones y no teme a las controversias.
La audiencia en C Art Media mostró un perfil poco habitual para la escena urbana argentina: predominaban neo-hipsters y ravers, más que seguidores del trap o del reggaetón urbano. En ese contexto, Kneecap se convirtió en un faro de disidencia sonora, distinto a la corriente dominante, que suele priorizar el ego y el lujo en la escena global.
El tramo final dejó una postal de energía colectiva: momentos en que el público imitaba fragmentos del canto en shelta, el cruce de inglés y gaélico propio de la banda, y expresiones que resonaron en la sala como un himno de resistencia. En un final de actuación que dejó la sensación de haber presenciado una escena que insiste en la autonomía cultural y la confrontación con la norma, Kneecap cerró una noche que, para muchos, marcó un rito de llegada para la disidencia en el rap internacional.



