En medio de la urgencia de la vida digital, dos voces literarias argentinas exploran el valor de lo analógico. Gabriela Mayer y Rocío Cortina, que se conocieron durante una lectura conjunta en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires en 2023, se atreven con un proyecto que se sostiene en cartas escritas a mano y en correos extensos, una conversación que se gestó durante doce meses. El resultado es Escribir (no) es un oficio solitario, editado por Milena Caserola y con ilustraciones de Lucía Martínez Mayer. El libro será presentado este miércoles a las 18.30 en el Museo del Libro y de la Lengua, ubicado en Av. Las Heras 2555.

La dupla propone replantear el impulso de comunicar de inmediato mediante una práctica que ralentiza el tempo y permite pensar con detenimiento. ¿Por qué volver a las cartas o a mensajes extensos, en un momento en que el ritmo exige conectividad constante? Las autoras sostienen que la espera y la pausa pueden abrir un margen para pensar el oficio de escribir con más hondura. Cortina cita a Vivian Gornick desde Mirarse de frente, subrayando que escribir una carta implica enfrentarse a la propia mente y acudir a la presencia de la otra persona, un ejercicio de soledad compartida que ambas respaldan como una experiencia enriquecedora.

Sobre los antecedentes personales, Mayer (nacida en Buenos Aires en 1971) reúne trabajos como Sueños como cuchillos (2022) y Nunca podemos descansar del todo (2025). Cortina (Buenos Aires, 1985) ha publicado Zambullidas o la educación acuática (2022) y Pases de magia o las amistades extraordinarias (2024). Ambas destacan que, a lo largo de los años, las mujeres y las identidades disidentes enfrentaron menos oportunidades para escribir y publicar; por eso lo que proponen es un gesto político y feminista: dar voz a aquellas experiencias que la escena editorial hegemónica ha silenciado o tardíamente incorporado. Esas circunstancias llevan a que escriban “cuando pueden”, entre múltiples ocupaciones que caracterizan la realidad laboral actual; aun así, comparten relatos, se leen y se comentan entre sí, y rescatan textos que alguna vez escribieron pero no se publicaron.

Para Mayer y Cortina, escribir cartas implica reconocer que la conversación oral no alcanza para abarcar toda la experiencia; la escritura, en cambio, expande el campo de las vivencias, las lecturas y los saberes. El formato epistolar se presenta, entonces, como un método para sostener la voz y la mirada femenina en un mundo que exigen respuestas inmediatas, a la vez que conservan la intimidad necesaria para pensar con claridad. En esa línea, el libro sugiere que la escritura puede ser, más que un oficio, una práctica de resistencia creativa y de creación de comunidad.