Iair Horn, de 46 años, describe con voz pausada el horror vivido tras ser secuestrado junto a su hermano por Hamas y permanecer 498 días atrapado en los túneles de Gaza. Su cautiverio no terminó al ser trasladado a un hospital israelí, sino ocho meses después, cuando finalmente quedó en libertad su hermano menor, Eitan. “Para mí, el 7 de octubre simboliza todo el año, aunque esta semana es especialmente dura”, admite.
Durante un conversatorio, explicó que asumió una función de vocero de todo lo ocurrido. Dijo sentirse responsable como ser humano, como judío y como educador, y aclaró que no busca juzgar a quien cuestione o niegue lo sucedido; su objetivo es contar su verdad para que cada quien, a partir de ella, haga su propio juicio.
Al preguntarle por lo peor que vivió, Horn señaló que no presenció ejecuciones ni violencia física en las celdas, pero sí varios momentos de crueldad simbólica. Relató una experiencia en la que le ofrecieron raparse la cabeza con una navaja y, mientras el agresor se divertía, le iban cortando el cabello poco a poco. Sin embargo, lo más duro fue el terrorismo psicológico constante: amenazas de muerte para él o su hermano, o la promesa de detonar el túnel con todos adentro. “Eso fue una tortura continua, comparable a la gota de agua sobre la cabeza”, describió.
En cuanto a su situación actual, informó que su kibutz Nir Oz está en proceso de reconstrucción. Entre cinco y diez familias ya regresaron y algunos habitantes más, pero no alcanzan las viviendas para todos, ya que casi todas las casas fueron incendiadas. Se estima que la reconstrucción llevará entre dos y tres años. El resto de la comunidad está viviendo en una ciudad a unos 40 minutos de Nir Oz.
Sobre el futuro del conflicto y la tensión en Israel, Horn aseguró que la mayoría de quienes eligieron vivir cerca de la Franja de Gaza buscaban una convivencia pacífica. No busca abrazos fáciles ni soluciones mágicas; sostiene que no está en condiciones de proponer recetas innovadoras para el conflicto palestino-israelí. Su objetivo es influir desde lo que puede hacer en su día a día, con la esperanza de que algún día los nietos de sus amigos puedan vivir tranquilos en la región.



