La despedida de Lionel Messi de la Selección Argentina simboliza el cierre de una etapa irrepetible y obliga a la Albiceleste a recomponerse sin su estandarte principal. Messi fue, además de un talento sublime, un líder que tomó las decisiones con la camiseta puesta, que encaró las derrotas con madurez y que dio todo por el equipo.
Durante casi dos décadas, su profesionalismo y entrega funcionaron como un escudo para la conducción del fútbol argentino. Su presencia permitió que, en más de una ocasión, quedaran en segundo plano errores y decisiones controvertidas de la dirigencia. Ese escudo, no obstante, ya no estará a la altura de lo que venga, porque Messi ya no formará parte de la Selección.
Desde aquel 31 de agosto, cuando anunció el fin de su ciclo con la Albiceleste, el reconocimiento internacional hacia su figura se multiplicó. No es solo la admiración por lo que hizo en el campo, sino la certeza de que se retira en un nivel excepcional y de que podría volver a luchar por el Balón de Oro tras un Mundial destacado.
Messi trascendió el fútbol: inspira a nuevas generaciones de atletas argentinos y mantiene un legado que continuará creciendo, incluso cuando ya no vista la 10. Por eso muchos esperaban una despedida a la altura de su trayectoria: ante un rival de renombre y con un cierre que reflejara la magnitud de su carrera. Esa expectativa contrasta con la sensación de que la última etapa internacional resultó menos impactante de lo deseado, en un contexto que también subraya sombras en la organización.
Para la dirigencia, la sensación es, en varios aspectos, de desconcierto. Se percibe una tensión entre la necesidad de generar ingresos y la obligación de cuidar la imagen de la Selección. Los amistosos pueden ser negocio, pero no deberían convertirse en el único criterio para valorar a un equipo que, como Argentina, tiene una historia de rendimiento sostenido.
Mirar hacia adelante implica aprender de estos errores y evitar medir a la Selección exclusivamente frente a rivales de menor jerarquía. Los encuentros ante Bolivia, Burkina Faso y Benín no sirvieron para calibrar con precisión dónde está la Argentina actual ni para exigir un rendimiento máximo.
El camino inmediato es transitar una etapa de transición con prudencia, sosteniendo el legado de Messi y definiendo, de una vez, una identidad propia que restituya a la Argentina el lugar que le corresponde en el fútbol mundial.



