Racing había tomado el control del encuentro y se adelantó 2-0 al inicio del complemento, con un tanto de Maravilla Martínez que dejó a Boca contra las cuerdas y con la sensación de que el resultado ya marcaba el cierre de la historia para el equipo de Rodolfo Arruabarrena. En esa francha, la dupla defensiva académica parecía superar con facilidad a Boca, que no encontraba respuestas y cedía espacios en defensa.

Todo cambió tras los cambios del Vasco: Arruabarrena decidió sacar a Ascacíbar y Velasco y, con Enner Valencia y Sebastián Villa como delanteros, dibujó un 4-2-4 que le dio mayor mordiente ofensiva a Boca. Dos tanques de ataque estiraron la presión y comenzaron a erosionar la estructura de Racing, que empezó a perder duelos clave en la zona central.

Valencia, que a sus 36 años no luce ajeno a la exigencia de estos momentos, fue el eje de la remontada. Tres cabezazos, tres respuestas letales. El primero llegó tras un córner desde la izquierda ejecutado por Blanco; el segundo vino de un centro con rosca de Villa; y el tercero, en el tramo final, tras un centro desde la derecha de Palacios. Cada cabezazo mostró precisión, timing y una lectura superior para aprovechar cada centro.

La victoria tuvo un componente emocional enorme: Boca celebró con todo después del tercer gol, y los hinchas invadieron el campo para agradecer la hazaña de Valencia y el esfuerzo colectivo que permitió la remontada. El equipo Xeneize cerró el encuentro con una actitud de triunfo y aficionados cantando frente a La Doce, en una de esas noches que quedan grabadas en la memoria.

Con este desenlace, Boca avanzó a las semifinales de la Copa Argentina y espera por Banfield para definir su lugar en la final. Valencia emergió como protagonista indiscutido de la jornada, consolidando un logro que, por momentos, parecía imposible y dejando al entrenador Arruabarrena en el centro de una conversación que seguramente ocupará varias tapas de diarios y rotativas en los próximos días.