Julián González Oliva y Luciana Amicone, pareja y dupla fundadora de Ada Jardín, con el tiempo convirtieron la cría de lombrices en un negocio multiproducto. Todo comenzó cuando Julián buscaba crear un entorno interior favorable para las plantas, montando una compostera con materiales del patio de su oficina para producir tierra y humus y, al mismo tiempo, estudiar mejoras en el proceso. En plena pandemia, decidió comprobar si había demanda para las lombrices que producía.
La respuesta llegó rápido: puso el proyecto en Mercado Libre y, ese mismo día ya había ventas; a los dos días ya aceptaban pedidos para la semana siguiente. Con el tiempo, Ada Jardín fue ampliando su oferta: plantas, talleres, servicios de paisajismo y una cafetería, además de la línea de lombrices.
Al principio, Luciana abordó el tema con escepticismo, asociándolo a suciedad y malos olores. Con la creciente demanda, que superaba las 20 órdenes diarias, parte de la producción se trasladó al garage de la casa familiar, donde se organizaban para realizar entregas sin costo en unos 10 barrios y dedicar entre cuatro y seis horas diarias a la logística.
Cuando el volumen superó la capacidad del garaje, incorporaron un servicio de reparto en moto, incrementaron la producción y comenzaron a recibir pedidos de mayor tamaño. Lo que empezó como un hobby terminó convirtiéndose en un negocio rentable: hoy facturan más de $190 millones anuales.
La mayor parte de la clientela busca lombrices para compostar en domicilios, con un lote orientativo de unos 200 gramos para empezar una compostera doméstica. Sin embargo, también llegaron emprendimientos agroecológicos y agrícolas que requerían volúmenes mayores: 80 o 90 kilos, con una demanda de abono orgánico superior a lo que la familia podía aportar.
El equipo fue acercándose a verdulerías del barrio para recolectar descartes de frutas y verduras, y por las noches recogían materiales para alimentar a las lombrices. En otoño, recolectaban bolsas de hojas secas que encontraban en la vía pública para alimentar a las lombrices y favorecer su reproducción. La materia prima estaba al alcance y gran parte del crecimiento inicial dependió de aprender a aprovecharla.
Los clientes, a su vez, marcaron la siguiente etapa: comenzaron a pedir fertilizantes, sustratos y productos para combatir plagas, lo que llevó a acumular mercadería en el garage con la visión de lanzar una tienda online. El punto de inflexión llegó cuando hallaron un local cercano a su casa, sin cartel de alquiler: dejaron una tarjeta en la puerta y el dueño los contactó al día siguiente. En ese momento, las ventas de lombrices ya eran suficientes para cubrir el alquiler, y el negocio continuó su evolución hacia una operación más amplia.



