Aníbal Pineda nació en 1973 y creció en un barrio popular de la zona sur de Rosario. A los 12 años inició su vida laboral junto a su hermano, vendiendo canastos de mimbre puerta a puerta; más adelante trabajó como ayudante de cocina, mozo y conserje de hotel. La rotación de turnos le permitió cursar gran parte de la carrera de Derecho en la Universidad Nacional de Rosario sin horarios fijos.

En 2017 fue designado juez de la Cámara Federal de Apelaciones de Rosario, cargo que ejerció en dos períodos como presidente de la misma.

“La vida me fue preparando para el cargo que tengo ahora”, sostiene. Su juventud transcurrió en un entorno que le dio experiencia directa de la desigualdad; en su barrio conoció dos caras de la ciudad, que años después ocuparía un lugar central en el debate nacional sobre el narcotráfico. Entre sus amigos de la infancia, la mitad terminó atravesada por el consumo de drogas; algunos perdieron la vida y otros quedaron con secuelas.

Ya en la función federal, le tocó intervenir en las causas que marcaron los años más violentos de Rosario, cuando las balaceras, las extorsiones y los ataques contra jueces y periodistas ponían en cuestión la capacidad del Estado para ejercer control en el territorio.

Esta entrega de Sr. Juez, un ciclo que busca explorar las experiencias y dilemas de los magistrados más destacados del país, presenta a Pineda discutiendo pobreza, narcotráfico, violencia y justicia desde una perspectiva poco común dentro del Poder Judicial.

—Juró como juez de la Cámara Federal de Apelaciones de Rosario en 2017...

—Tuve un camino particular y largo para llegar al cargo que hoy ocupo. Viví hasta los treinta años en un barrio periférico de Rosario Sur y, siendo de clase media baja, la crisis de 1995-1996 empujó a su mamá, que era el único ingreso del hogar, a trabajar fuera de casa tras haber quebrado como comerciante. Somos cuatro hermanos. Al principio, atendía a personas enfermas los fines de semana y luego trabajó como empleada doméstica durante 35 años, desde que yo tenía aproximadamente diez.

Mi primer trabajo fue a los doce o trece años, cuando aún iba a la escuela primaria. Con mi hermano menor salíamos a vender canastos de mimbre casa por casa; comprábamos los cestos a un distribuidor cercano y golpeábamos timbre para venderlos. Fue un inicio duro y distinto del común denominador de los jueces federales, pero hoy lo veo como una experiencia valiosa que aporta a mi visión de la justicia.