El 3 de octubre de 1964, la Argentina recibió al general francés Charles de Gaulle con los honores que correspondían a un líder de la Segunda Guerra Mundial, reconocido por haber defendido la Francia libre frente al nazismo. Era la primera y última visita del líder galo al país, dentro de una gira regional que también lo llevó por Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Paraguay, Uruguay y Brasil, en un esfuerzo de Francia por acercarse a la América de habla hispana.

Con el fervor inicial se fueron apagando las manifestaciones y las salvas de bienvenida, y surgió un balance más frío: el resultado práctico de la visita dejó en claro que el mayor beneficiado fue Juan Perón, entonces exiliado en España y proscrito en la Argentina junto a su movimiento, aunque con capacidad de decidir la agenda política del país. En aquella realidad, Perón ejercía una influencia notable sobre un escenario nacional convulsionado.

La lectura contemporánea de la gira subrayaba que De Gaulle, en su afán de ampliar puentes y disminuir la influencia de Estados Unidos en la región, buscaba también agradecer, en la medida de lo posible, el apoyo que Sudamérica había brindado a Francia durante la ocupación nazi entre 1940 y 1944. Ya casi dos décadas después de la Segunda Guerra Mundial, el gesto tenía un componente estratégico claro para París.

Sin embargo, la historia argentina tenía un pasado difícil de pasar por alto. En junio de 1943, un golpe militar instaló en la Casa Rosada un gobierno proalemán, con oficiales que integraban la logia GOU (Grupo de Oficiales Unidos), y entre esos uniformados figuraba un joven coronel llamado Juan Perón. Aun así, el relato contemporáneo de la visita de De Gaulle señala que, en medio de ese contexto, existía en Buenos Aires un “Comité de la Francia Libre” que había enviado ayuda material a la resistencia dirigida desde Londres, lo que terminó por influir en la decisión de incluir a Argentina en la gira de 1964.

En síntesis, la visita de De Gaulle se enmarca como un intento francés de fortalecer lazos regionales y contrarrestar influencias externas, pero la lectura de los hechos posteriores señaló que Perón, desde el exilio, supo capitalizar la situación para adelantarse en el tablero político argentino.