Rosario Central y Estudiantes de La Plata venían con cuentas pendientes desde el incidente del “espaldazo” en el Gigante de Arroyito, casi un año atrás. La previa del choque, realizado en el estadio Madre de Ciudades, fue tensa: parecía más un pesaje entre dos cultores del choque que un partido de fútbol. La AFA decidió con cautela el árbitro principal y el VAR, con Darío Herrera y Jorge Baliño designados para la función.
Herrera llega con críticas recientes: venía de dirigir un clásico cordobés entre Instituto y Talleres, y sus antecedentes no favorecían su arranque en un encuentro tan caliente. Sin embargo, Federico Beligoy, designador y secretario general del gremio de árbitros, lo ubicó en esta prueba de alto voltaje. El encuentro, de por sí, prometía tensión entre dos contextos que también giraban alrededor de la tribuna: Tapia, en un palco, y Belloso, presidente de Rosario Central, frente a Verón, titular de Estudiantes, dos actores con disputas históricas que podían encender cualquier chispita.
El inicio dejó duros embates desde el minuto cero, como si el objetivo fuera una contienda por el honor más que una final. En el desarrollo, el equipo de Estudiantes ya iba ganando 1-0 cuando protestó por una falta de Eros Mancuso junto al borde del área. Ángel Di María igualó con un gran tiro libre, y esa acción abrió la puerta para lo que vendría.
A partir de ese momento, Herrera dejó a todos en tensión, especialmente al banco de Estudiantes. En los diez minutos de reposición de la primera mitad, Leandro González Pirez derribó a Enzo Copetti cuando este ingresaba al área. El delantero canalla exageró el choque, y la revisión obligada por el VAR terminó en penal, pese a que ninguna repetición terminó de despejar la duda sobre la intensidad del contacto; incluso se insinuó que el golpe podría haber sido fuera del área. No hubo trazado de líneas concluyente para resolverlo con claridad.
El entrenador de Estudiantes, conocido como “el Cacique” Medina, no ocultaba su sorpresa ante la decisión; Verón, desde la tribuna, gesticulaba con incredulidad y aplaudía en tono irónico. El partido, así, fue ganándose por el contexto más que por el fútbol puro: las circunstancias previas, las broncas entre dirigentes y la presión de una final que ya tenía marcado su destino.
El enojo del cuerpo técnico de Estudiantes quedó expuesto, y, con el escenario cargado de tensión, el encuentro terminó suspendiéndose cuando ya todo parecía orientado a un cierre que no llegó. El clima alrededor de la Supercopa Internacional, más allá del resultado puntual, dejó en claro que la disputa trasciende lo deportivo y que las heridas entre jugadores y dirigentes condicionaron el desenlace.



