La noche de ayer en el estadio Morumbí dejó una historia marcada por el recuerdo. Leandro Lozano volvió a pisar ese césped después de dos años y lo hizo cargando un episodio que lo persigue desde el pasado. En 2024, defendiendo a Nacional, enfrentó a San Pablo y acompañó a su amigo Juan Izquierdo cuando este sufrió una crisis de salud en la mitad de la cancha; Izquierdo falleció cinco días después.

Contra el Sao Paulo de la Libertadores, aquel vínculo volvió a ponerse a prueba, y Lozano respondió. Con Boca ya igualando el marcador, a los 15 minutos del segundo tiempo se desprendió hacia el ataque sin la pelota, recibió un pase de Leonel Flores y, al ingresar al área, ejecutó un zurdazo que venció al arquero y dejó el 1-1. Fue su primer gol con la camiseta azul y oro, y llegó en el mismo estadio que, años atrás, le había traído tan doloroso recuerdo.

El festejo tuvo un gesto contenido y simbólico: Lozano corrió hacia una de las esquinas, abrazó a sus compañeros y, tras una reverencia, se arrodilló con la frente en la mano para luego dirigir un beso al cielo. El mensaje fue claro: un homenaje para Izquierdo y para su familia, un vínculo que trascendió la cancha.

Con ese resultado, Boca avanzó a las semifinales de la CONMEBOL Sudamericana al empatar 1-1 en la serie. Más allá del resultado, la memoria dejó instalado que el fútbol, a veces, se entrelaza con la vida y las pérdidas que dejan una huella imborrable.