En un taller modesto ubicado en la zona de Palermo, José Ini, David Setton y Adolfo Setton empezaron vinculados al rubro textil y, con el tiempo, consolidaron una sociedad para crear su propia empresa. Los tres mantienen una relación de larga data: Adolfo y José se conocían desde los 10 años, y aunque cada uno siguió su camino dentro del sector, terminaron trabajando juntos. En diálogo con TN, Setton recordó la complicidad que mantienen tras casi cuarenta años de trayectoria.
A fines de la década del 80, detectaron una oportunidad ligada a las demoras que enfrentaban los confeccionistas para bordar sus prendas. Compraron una máquina y, a partir de ahí, fueron sumando equipos. La demanda creció lo suficiente como para que, según Setton, llegaran a posicionarse como una de las mayores empresas de bordados del país en ese momento.
Pero fue un viaje a Italia el que terminó de reorientar el negocio: la experiencia dio pie a trasladar el concepto de la moda hacia la blanquería. Así nació Franco Valente, una marca que apostó por las toallas bordadas cuando ese producto aún tenía un desarrollo limitado en Argentina.
La aventura tomó otro rumbo cuando Adolfo decidió importar toallas desde Brasil, bordarlas y venderlas como artículos de regalo. En la talleres de Gorriti, casi en la esquina de Acuña de Figueroa, las piezas llegaban sin adornos y salían convertidas en productos personalizados, con diseños inspirados en motivos italianos. Las toallas bordadas con iniciales se volvieron uno de sus primeros éxitos comerciales, especialmente como regalos asequibles para distintas ocasiones.
Con el crecimiento, el equipo evaluó dejar la importación para empezar a fabricar sus propias toallas. Adolfo, entusiasta de las máquinas, buscó asesoramiento de un ingeniero textil con experiencia en grandes fábricas y se puso manos a la obra para seleccionar el equipo adecuado. La inversión inicial rondó los 500.000 dólares. Se adquirió un galpón en San Martín y se dedicaron más de dos años a acondicionar las instalaciones, crear el sistema de tratamiento de efluentes, acondicionar los suelos y montar los telares.
“Fui armando todo el galpón hasta que empezamos a recibir las máquinas, y una vez que las ubicamos, no paramos”, recordó Setton. En 1991 abrió su primera planta industrial, con una cartera de 90 clientes y una producción inicial de alrededor de 25 toneladas mensuales, marcando el inicio de una etapa de expansión sostenida para la empresa.



