Doce años después de que su voz se silenciara, Antonio Cafiero se mantiene como figura central en la historia reciente del peronismo y del campo nacional, vinculado al resurgimiento electoral del movimiento tras la derrota de 1983 y a su gestión al frente de la provincia de Buenos Aires, esa etapa que buscó fortalecer la democracia desde la participación de la gente.

Cafiero formó parte de una época que exigía un compromiso contundente para cuidar la democracia naciente, resistiendo condicionamientos militares y presiones económicas. En ese marco, su discurso de 1986 ante la Cámara de Diputados, donde cuestionó la legitimidad de la deuda externa, se transformó en un hito cuyo alcance y vigencia se sienten hoy.

Con la misma determinación, en su papel de presidente del Partido Justicialista, acompañó al presidente Raúl Alfonsín desde el balcón de la Plaza de Mayo durante los hechos de Semana Santa de 1987.

En el territorio bonaerense, llamó a su gestión “Gobierno del Pueblo”, una apuesta explícita por una democracia participativa en todas las áreas de la administración y en todas las decisiones. Participó del Plan Trienal de Gobierno, impulsó Consejos Consultivos en escuelas, creó Consejos de Seguridad y llevó adelante políticas sociales, gestión hospitalaria y jornadas de trabajo voluntario con la participación de vecinos y municipios para atender necesidades concretas.

También avanzó en la dirección de los órganos de control del Estado provincial. Recordaba Perón que la vigilancia fortalece a las personas; bajo esa idea, Cafiero sostuvo una gestión que, según sus respectivos informes, no dejó márgenes para casos de corrupción durante sus cuatro años de gobierno.

Aceptó con humildad la derrota interna frente a Carlos Menem, a quien no compartía su proyecto, sin abandonar la lucha política. En su visión, el camino común debía convertirse en un ámbito para aceptar el disenso como un motor creativo de la política, y trabajó para convertir la unidad en un objetivo irrenunciable, sin renunciar a ideas ni críticas, pero buscando que la mesa diaria de la política convoque a todos.

Hoy su pensamiento invita a sentarse a la mesa del tiempo presente para superarnos, convencidos de que la unidad es un bien de todos y que la participación popular es la base de la democracia.

Honrar a Antonio Cafiero es honrar al hombre que trabajó y gobernó con la participación de la gente, y rescatar la necesidad de unir lo que está separado y de ordenar lo desorganizado.