En la realidad económica actual de Argentina, trabajar no garantiza tranquilidad ni la cobertura de la Canasta Básica Total. Un 22% de la población ocupada no alcanza los ingresos mínimos para sostener un hogar, lo que equivale a más de 4,5 millones de personas, según un informe del Instituto de Estudios sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana (IERAL) de la Fundación Mediterránea.
El desglose muestra diferencias entre actividades: la pobreza afecta a 12,3% de los trabajadores independientes formales y a 9,7% de los asalariados registrados. La caída de ingresos golpea a todos los segmentos, y resulta especialmente aguda para los trabajadores en la informalidad: 37,5% de los asalariados informales y 40,5% de los autónomos que no están registrados en el régimen monotributo viven por debajo de la línea de pobreza.
Cuando llega a principios de mes, cobrar genera cierto alivio que se desvanece en pocas horas. En los hogares, la prioridad es cubrir obligaciones que pueden significar corte de servicios o desalojo: alquiler, electricidad, gas, agua, expensas y el pago mínimo de la tarjeta de crédito. Luego de ese primer desahogo, el saldo de la cuenta suele colapsar.
El alquiler encabeza la lista de gastos y condiciona gran parte de la economía doméstica. Un informe de la ONG Hábitat para la Humanidad (HPHA) indica que el 83% de los argentinos debió reducir gastos esenciales para mantener su vivienda en el último año, un porcentaje significativamente superior al promedio mundial (75%).
Con la liquidez agotada a mitad de mes, las familias retraban gastos al máximo. Para sostener la Canasta Básica Alimentaria, aumentan compras al por mayor entre familiares o vecinos, migran a segundas o terceras marcas y minimizan servicios no indispensables. Según HPHA, el 19% limitó el uso de estufas o aires acondicionados para ahorrar energía (contra un 7% a nivel global). En conjunto, 8 de cada 10 argentinos reconocen haber renunciado a algún consumo cotidiano en el último año.
Los recortes se focalizan en lo básico: 38% redujo la compra de alimentos esenciales, 37% agotó ahorros o fondos de emergencia y 34% debió decidir entre pagar la vivienda o cubrir comida, vestimenta y medicamentos.
Cuando el ajuste llega a su límite, muchas familias buscan ampliar sus ingresos. La vivienda familiar se convierte, así, en una especie de microemprendimiento: cada integrante suma una tarea adicional, como cocinar para vender por WhatsApp o redes sociales, o realizar trabajos informales para sumar ingresos.



