Matías Rosso sabe que la vida puede cambiar en cuestión de minutos. Un jugador que emergió de las inferiores de Chacarita y, en pocos años, se codeó con el fútbol de alto nivel, hoy vive una realidad diametralmente opuesta: luego de perder la visión de un ojo y quedarse sin empleo, recorre el centro de Rosario montado en una bici para vender sándwiches y sostener a sus dos hijos.

La historia de Rosso no es sólo una caída personal, sino un retrato de los vaivenes del fútbol profesional. En algún momento, recibió una llamada de Nelson Vivas para convencerlo de seguir ligado a Estudiantes de La Plata. Aquel envión no evitó que una fractura de tobillo, ocurrida en 2017 durante su paso por Estudiantes de Buenos Aires, marcara un antes y un después en su carrera. La pandemia de comienzos de 2020 dio el golpe final: el fútbol de élite dejó de ser una posibilidad y la necesidad de reinventarse apareció de inmediato.

Con el tiempo, Rosso también enfrentó problemas de salud a nivel personal. Le diagnosticaron retinopatía diabética y una trombosis en el ojo izquierdo, condiciones que fueron empeorando su capacidad visual y, en paralelo, su situación laboral. Ante esa realidad, decidió buscar ingresos alternativos y, en redes, comunicó su nueva realidad: desde un día hasta el siguiente, saldría a vender sándwiches en bici por el centro de Rosario para mantener a sus dos hijos.

La publicación, que partió de una cuenta con pocos seguidores, se viralizó entre hinchas de Estudiantes y de otros clubes por donde pasó. El eco fue tal que recibió muestras de apoyo y propuestas de ayuda. En medio del guiño solidario, Rosso confirmó que le ofrecían una beca para realizar un curso de técnico en Rosario, una oportunidad que aguardaba hace años pero que el costo había impedido. El propio futbolista agradeció la posibilidad de encarar esa formación, un puntal para intentar reconstruir su vida dentro del fútbol desde otra vereda.

En paralelo, la trayectoria deportiva de Rosso es un recordatorio de la velocidad con la que se sube y se baja en este deporte. Su andar comenzó en la quinta de Chacarita, luego de ser visto en un club del pueblo Álvarez, y a los 18 meses ya había llegado a Primera. Su rendimiento le ganó el cariño del Funebrero al contribuir al ascenso a la B Nacional en 2014, y en 2015 dio el salto al Pincha de La Plata en una operación que involucró al arquero Agustín Rossi. Participó de minutos en la Libertadores y en el torneo local, antes de buscar nuevos desafíos en Aldosivi, y luego pasó por Estudiantes de Caseros. Una lesión, sumada a las incertidumbres propias del fútbol, terminó desembocando en un retiro forzado.

La historia de Rosso no es aislada: muchos jugadores viven el despegue rápido y, cuando las luces se apagan, deben afrontar la dura realidad de reconstruir su vida. Su caso, ahora mediado por el apoyo recibido, busca inspirar a otros a no bajar los brazos, especialmente para sus hijos, que son su motivación central.