Durante casi medio siglo, los controles antidoping formaron parte de la rutina del fútbol argentino. El procedimiento era claro: dos jugadores por equipo quedaban seleccionados en el vestuario y, tras el partido, debía entregarse una muestra de orina. A lo largo de ese periodo se acumularon 74 casos positivos desde 1974, año en que la AFA empezó a implementarlos. Pero en 2021 todo cambió: ya no son obligatorios ni sistemáticos, y desde entonces no se registraron nuevos positivos. ¿Qué está detrás de este nuevo escenario?

El punto de inflexión llegó el 12 de abril de 2019, cuando Santiago Silva —uruguayo— recibió la última sanción de la Liga Profesional por una infracción al reglamento antidopaje. En ese momento, el delantero, que venía de jugar para Argentinos Juniors, había sido detectado con un nivel elevado de testosterona asociado a un tratamiento de fertilidad durante su paso por Gimnasia y Esgrima La Plata. Tras una suspensión provisional, la pena fue de dos años. Poco después llegó la pandemia y, desde 2021, se implementó un esquema distinto: controles esporádicos y sorpresivos. Hoy, un club de Primera División puede ser sometido a pruebas apenas tres o cuatro veces al año, y así un mismo jugador puede atravesar varias temporadas sin ser evaluado. En las categorías de ascenso, la frecuencia es aún menor.

Para la Agencia Mundial Antidopaje (WADA) y la Comisión Nacional Antidopaje (CNAD), la explicación no reside tanto en la cantidad de exámenes como en el mayor conocimiento de las normas por parte de los futbolistas. Aun así, la postura genera controversia: hay quienes respaldan este “sistema inteligente” y quienes defienden el modelo tradicional.

La historia de los controles en Argentina se remonta a seis años después de que la Comisión Médica del Comité Olímpico Internacional iniciara los primeros tests en los Juegos Olímpicos de México y de que la FIFA se sumara al programa en el Mundial de 1970. Al principio, los controles se aplicaban solo en algunos partidos y los primeros positivos no tardaron en aparecer: el 7 de noviembre de 1974, en un choque de Primera B entre Almirante Brown y Estudiantes de Buenos Aires, dieron positivo Jorge Trezeguet (padre de David), Vicente Cóppola (del Pincha de Caseros) y Roberto Escalada (del Mirasol). Un año después, el primer positivo en la Primera División fue Juan Alberto Taverna, que había marcado siete goles en el 13-1 de Banfield sobre Puerto Comercial de Bahía Blanca; recibió una sanción en abril de 1975 por “uso de estimulantes prohibidos”, sanción que la AFA luego revocó por anomalías en la toma de la muestra.

En 1980, los controles pasaron a ser obligatorios en cada partido de Primera, mientras que en el ascenso solo se realizaban en encuentros seleccionados, fundamentalmente decisivos, clásicos o cuando la propia Comisión de Control Antidoping de la AFA sospechaba de algún futbolista o advertía una irregularidad.