Este 17 de octubre, el movimiento de los chalecos amarillos volvió a convocar protestas a lo largo y ancho de Francia, en lo que se convirtió en una jornada que ya forma parte de la historia reciente del país y que algunos comparan, en clave simbólica, con momentos de rebelión popular del pasado. El movimiento, que se caracteriza por su carácter transversal y por carecer de una conducción política única, se hizo conocido entre 2018 y 2019 por confrontar al primer gobierno de Emmanuel Macron y por cuestionar el aumento del costo de vida y la necesidad de activar mecanismos de democracia directa.
La nueva convocatoria mantuvo como eje central las mismas hipótesis que motivaron las movilizaciones iniciales: rechazo al incremento de los precios de los combustibles, la inflación y la caída del poder adquisitivo de los salarios. En esta ocasión se sumaron a la protesta estudiantes de secundaria y universitarios, además de sindicatos, La France Insoumise y otras agrupaciones de izquierda.
Dentro de las demandas estudiantiles se destacan reclamos como más docentes y reemplazo de los ausentes, mantenimiento adecuado de los edificios escolares, materiales pedagógicos suficientes y la defensa del sistema Parcoursup, la plataforma oficial que regula el acceso a la educación superior y que los jóvenes califican como poco clara y arbitraria.
Las marchas se registraron en ciudades grandes como París, Toulouse, Lyon, Estrasburgo y Marsella, y también se sintieron en numerosos pueblos de zonas rurales. En general, la jornada transcurrió en un clima de convivencia y ánimo festivo, con escenas de baile y cantos colectivos, entre ellos interpretaciones de Bella Ciao y La Internacional. Sin embargo, también hubo momentos de violencia que captaron la atención de los medios, con la vandalización de sedes municipales en Marsella, Lille y Limoges, donde parte del edificio público fue incendiado. El alcalde de Limoges, Guillaume Guerin, atribuyó esos ataques a grupos organizados con el objetivo de destruir la infraestructura pública.
Al cierre de esta nota, el resultado de la jornada es difícil de medir: podría ser solo el inicio de una etapa de presión ciudadana frente a un gobierno en crisis, o bien una movilización que podría perder fuerza en las próximas semanas, especialmente a menos de seis meses de la fecha en que culmina el mandato de Macron.



