Patricia Bullrich elevó la temperatura de la disputa interna al focalizar un capítulo clave del Gobierno: un recorte presupuestario destinado a discapacidad que mostró una sensibilidad mínima hacia el tema, provocó el quiebre de conversaciones en Diputados y despertó malestar entre legisladores de su propio bloque sorprendidos por el tratamiento del Presupuesto. Además, esa secuencia reavivó las dudas entre socios y figuras que buscan diálogo, amplificando un sentimiento de cerrazón en las decisiones del poder.
En paralelo, desde la Casa Rosada se percibe el impacto de estas fricciones. A contracorriente de su estilo habitual, el Gobierno evitó ataques públicos directos, pero dejó a la vista un episodio polémico: una retractación presidencial vinculada a Lali Espósito, cantante criticada por libertarios y que la senadora utilizó para diferenciarse. El episodio y las respuestas posteriores pusieron en escena los límites de una conducción que parece cada vez más reacia a confrontaciones abiertas y a la exposición de diferencias internas.
La situación llega en un momento en que el oficialismo intenta sostener una narrativa que contrarreste la mala cosecha de noticias económicas. Bullrich había vinculado su postura a la necesidad de señales claras de mejora en la economía que impacten la vida cotidiana de la gente: pidió mayor velocidad en los resultados y explicó su demanda como una respuesta a la presión electoral. Sus palabras, que otros trasladaban solo en rumores, fueron rechazadas con firmeza por el Presidente ante ministros y legisladores afines.
Las señales apuntan a una estrategia personal de Bullrich que alimenta especulaciones sobre su relevancia en un 2025 distinto al de un choque interno entre Olivos y Caputo. Su posición compite con el capital político de Milei y con el manejo de la agenda de la Casa Rosada, situándose en un tablero que trasciende el ámbito doméstico y que podría influir en decisiones empresariales y en la dinámica política general.
Se trata, en definitiva, de un fenómeno de arrastre del proyecto de Milei, con antecedentes y now fortalecidos por el contexto político y económico actual. No es un episodio aislado, sino una historia que se despliega en paralelo a la campaña de 2027, con la idea de reelegirse como un objetivo central. El desenlace está por verse, pero lo claro es que la tensión entre funcionarios, aliados y dialoguistas muestra una gobernabilidad cada vez más estrecha y más exigida a la vez.



