El 13 de septiembre de 2020, en un Arthur Ashe Stadium casi vacío por la pandemia, Alexander Zverev vivió una de esas escenas que quedan grabadas: lloró tras ver cómo se escapaba una chance histórica. En esa final del US Open, el alemán, séptimo del ranking, enfrentó a Dominic Thiem, tercero de la superficie, con la oportunidad de quitarse la etiqueta de talento sobresaliente sin un Grand Slam. Había conseguido una ventaja de dos sets a cero y tuvo un quiebre en el tercero, incluso dispuso de un punto para cerrar el partido con su saque cuando iba 5-3 en el quinto asalto. Pero no pudo cerrar y el grito de júbilo del austríaco resonó en un estadio que, por la ausencia de público, parecía un templo de concreto en Queens.

A partir de ese golpe emocional, Zverev continuó siendo figura de la élite sin poder coronarse en un grande, mientras su vida fuera de la cancha también recibió atención. En el plano personal, recibió acusaciones de exparejas por maltrato físico y psicológico, y enfrentó su condición de diabetes tipo 1, lo que le obligaba a inyectarse insulina durante los partidos. En la cancha, estallidos de temperamento quedaron registrados, como cuando en Acapulco 2022 destrozó una silla de un árbitro y fue descalificado. A pesar de estas situaciones, mantuvo la lucha por lograr el máximo título que le faltaba.

Llegó entonces un año particular en el que el tenis volvió a mirar hacia París. En Roland Garros, Zverev mostró su mejor versión y cosechó lo que para muchos fue su mayor logro profesional hasta entonces, en un contexto en el que contaba con la caída de Jannik Sinner en segunda ronda y la ausencia de un Carlos Alcaraz lesionado. En ese tramo, dejó atrás la ansiedad de no haber ganado un Grand Slam y se liberó de fantasmas que lo señalaban como un imprescindible sin corona mayor.

Seis años después de aquella lágrima en Nueva York, el rumbo llevó a Zverev de vuelta al cemento del Arthur Ashe para una final, esta vez ante Ben Shelton, un rival más joven que encarna la nueva generación. Shelton, nacido en Atlanta, carga consigo el peso de la historia: aún no había nacido cuando Andy Roddick se coronó en el US Open. El choque promete cerrar un ciclo para Sascha y abrir uno nuevo, con la mirada puesta en cómo la constancia y la resiliencia pueden superar los fantasmas que acompañaron su meteórico ascenso.