A los 10 años, Natalia Druziuk ya trabajaba luego de la escuela: raspaba cerámicas por la tarde con un cuchillito, para quitar rebabas y dejar las piezas parejas. Su familia atravesaba momentos difíciles, habían perdido la casa y ese oficio era su forma de colaborar. “Volvía con la mano quemada, pero había que seguir”, recuerda.

Siete años después, ya en plena adolescencia, pasó las vacaciones de verano leyendo, investigando y armando un proyecto que parecía desmesurado para una joven. El 3 de marzo de 1995 inauguró en Caseros su propio instituto de idiomas. La inversión fue mínima: convirtió un departamento detrás de la vivienda familiar, adquirió un pizarrón amarillo que hoy conserva y comenzó a dar clases.

Al inicio, el instituto era prácticamente una responsabilidad de Natalia. Daba las clases de inglés, atendía el teléfono, recibía a los padres, barría y llevaba las cuentas, mientras iniciaba la universidad y mantenía un empleo en una fábrica. Para las familias, el abordaje era percibido como un esfuerzo colectivo, aunque en la práctica fuera una tarea de una sola persona.

La primera camada de alumnos fue pequeña: 20 estudiantes al cierre del primer año. Dos años más tarde ya eran 80, y el departamento dejó de quedar cómodo. Fue entonces cuando apareció la necesidad de incorporar una secretaria, un desafío importante porque confiarle la gestión a una adolescente resultaba poco frecuente. Aun así, el proyecto fue ganando terreno.

La expansión ganó impulso en 2001: se sumaron cuatro idiomas, se contrató más personal y se trasladaron a una esquina con mayor espacio para nuevas aulas, marcando el inicio de una trayectoria que hoy se consolidó como una red de 56 institutos de idiomas. La estructura en su conjunto genera una facturación anual de aproximadamente 780 millones de pesos, considerando sedes propias, regalías de franquicias y las capacitaciones que Druziuk ofrece, sin contar los ingresos que cada establecimiento franquiciado genera por su cuenta.

El trasfondo familiar también explica la vocación de Druziuk: su madre llegó desde Rusia a la Argentina a los 15 años y tanto ella como la abuela vivieron las dificultades de desenvolverse en un país con un idioma ajeno. Esa historia dejó en su memoria el impacto de aprender lenguas como un puente para atravesar barreras cotidianas.

Entre los hitos de ese recorrido, se destacó el primer alumno, Matías, que tenía cinco años cuando inició. Su mamá, al principio, debió vencer la desconfianza de dejar a su hijo al cuidado de una profesora adolescente. Matías completó su formación en inglés y años después se instaló, vivir y trabajar en Australia.