A poco más de un mes de su paso por Argentina, el Papa León XIV utilizó su cuenta de X este viernes por la mañana para expresar de nuevo su postura sobre la inteligencia artificial. En su mensaje, subrayó la necesidad de distinguir entre el arte hecho por seres humanos y lo que generan las máquinas, a partir de una diferencia que va más allá de lo estético y que es, en esencia, ontológica.

El Pontífice sostuvo que los algoritmos carecen de la chispa humana y afirmó que la Iglesia quiere renovar una alianza con artistas e instituciones culturales para salvaguardar nuestra humanidad. Estas ideas se inscriben en la línea de Magnifica Humanitas, la encíclica publicada en mayo pasado, donde se analiza el impacto de la IA en la sociedad contemporánea y su laguna en lo humano.

En un contexto en el que la industria tecnológica celebra la posibilidad de procesar terabytes de datos para emular estilos artísticos con una simple instrucción, el Papa advierte que existe un abismo insalvable entre el arte auténtico y lo que una máquina puede generar a partir de millones de obras creadas por humanos.

Una de las distinciones clave, señala León XIV, es entre los motores de búsqueda y la creación artística. Mientras un sistema automatizado clasifica contenidos y ofrece respuestas inmediatas sin interpretación real, el arte genuino plantea interrogantes difíciles y profundiza en la condición humana, explorando heridas y tensiones interiores.

La inteligencia artificial puede simular rostros, voces, empatía y conocimiento, pero esa simulación encierra un vacío: la máquina no tiene cuerpo, no experimenta dolor, alegría, fracaso ni fragilidad; no asume responsabilidad moral ni riesgo ante el mundo. Cuando un artista crea, implica su biografía, su deseo y su finitud; la IA, en cambio, no arriesga ni responde ante nadie.

En Magnifica Humanitas el Papa advierte contra el “síndrome de Babel”, ese paradigma tecnocrático que intenta traducir todo a métricas de rendimiento, datos y valor comercial. Añade que hoy el mayor peligro no es solo la censura tradicional, sino la homogenización cultural impuesta por los algoritmos. Al ofrecer respuestas inmediatas y personalizadas, la IA podría adormecer el esfuerzo del pensamiento. El verdadero acto creativo, sostiene, nace de la resistencia, la duda y la posibilidad real de errar. Delegar ese proceso a la IA podría debilitar, en definitiva, la creatividad humana.