Tras conocer el dato de 1,9% correspondiente a septiembre, la inflación volvió a exhibir un ritmo mixto: subidas y retrocesos mes a mes. Las proyecciones privadas estiman que esa oscilación persistirá, como mínimo, hasta marzo de 2027, con variaciones entre 1,6% y 1,8% en los meses que vienen. Detrás de ese “serrucho” suave coexisten componentes estacionales y regulados, además de una inercia que dificulta la desinflación.
El último Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del Banco Central grafica este recorrido. En promedio, la mediana de las proyecciones marca 1,7% para octubre, 1,6% para noviembre, 1,8% para diciembre, 1,6% para enero y febrero de 2027, y 1,7% para marzo. Aunque la tendencia contiene avances y retrocesos, los analistas consultados por el Central no esperan registros por debajo de 1,6% mensual en el corto plazo, al menos hasta el primer trimestre del año próximo.
La dinámica inflacionaria guarda cierta analogía con la marcha de la actividad económica: hay meses de aceleración y otros de desaceleración; hay rubros que impulsan el índice y otros que lo moderan. Alimentos, combustibles, carne, verduras, tarifas y servicios regulados pueden mover los montos mensuales y hacer más irregular el proceso, aunque, a lo largo de períodos extendidos, la trayectoria parece mantener una dirección descendente.
Desde el pico mensual de 25,5% registrando diciembre de 2023, la inflación mostró un descenso notable. Ese proceso tocó un piso de 1,5% en mayo de 2025. En el tramo previo a las elecciones legislativas de medio término, los precios volvieron a recalentarse por la volatilidad del dólar y una menor demanda de dinero, alcanzando 3,4% en marzo de 2026. Si bien el IPC ha mostrado bajas más recientes, aún no logró cumplir la promesa oficial de Milei de situarlo por debajo del 1% para agosto de este año.
Para los especialistas, parte del problema reside en una transmisión de la inflación ya lograda hacia distintos sectores de la economía. Jubilaciones, pensiones, asignaciones sociales, tarifas, cuotas de medicina prepaga y acuerdos paritarios incorporan, con rezagos y mecanismos variados, la inflación pasada. Esos aumentos se vuelven a activar en contratos, fórmulas y negociaciones, resurgiendo en meses siguientes.
Esa transmisión constituye la inercia inflacionaria: una barrera que, si bien acorta el descenso inicial desde niveles altos, dificulta completar el último tramo de desinflación.
La experiencia internacional sugiere que la velocidad de la desinflación se frena cuando la inflación converge hacia tasas más bajas. El reto ya no es solo reducir el índice mensual, sino desarmar una estructura de precios, ingresos y expectativas que todavía se ajusta a lo pasado.
En esta coyuntura, el debate público se desplaza de un único dato mensual hacia cuánto podría durar una inflación alrededor de 2% mensual y qué condiciones permitirían un descenso sostenido hacia niveles más bajos.



